Una generación de reino. Una generación que ama los principios del reino de su Padre, que ama y tiene pasión por los códigos que se manejan en el reino de los cielos. Una generación que sabe lo que es perdonar, que entiende el poder del perdón de Jesucristo en esa cruz en nuestras vidas, y la libertad que trajo la sangre del cordero santo en nuestros corazones, en nuestras mentes y en nuestros cuerpos. Si somos ciudadanos del reino y estamos seguros de nuestra ciudadanía y logramos comprender que de paso estamos en esta tierra y que nuestro cuerpo es campamento por unos años hemos logrado ordenar las prioridades en nuestras vidas. Primero Dios, primero buscamos el reino de los cielos y su justicia y todo es añadido. Primero amamos a Dios más que a nada en este mundo, primero él. Como decía Pablo a los filipenses, “porque para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia” (Filipenses 1:21). Jóvenes que saben que tienen una misión, que tienen una tarea y están aquí para establecer el reino de Dios, del Rey de reyes. Jóvenes apasionados que abrazan la voluntad del padre, a los cuales no les importa nada más que hacer un buen trabajo y cumplir por amor a aquel que los envió.
Una generación loca por la predicación, que predican en tiempo y fuera de tiempo, en cualquier lugar independientemente del que dirán, del concepto que puedan llegar a tener al hablar de Cristo. Es que no les importa perder amigos, perder familias, ser burlados, que hablen toda clase de mentiras sobre ellos, que no les interesa tener a profesores en contra y se callan por miedo a la nota de un profesor, adolescentes que van en contra de sus pares a pesar de los insultos y de las risas. Una juventud que no le interesa en lo mas mínimo perder el trabajo por ser honestos y manejarse con principios del reino y moverse en la verdad y hacer de la verdad un estandarte en su diario caminar, porque han entendido que no trabajan para agradar a sus jefes aquí en la tierra o hacen bien su labor para que los vean y sean premiados sino que lo hace para Dios, el verdadero amo y señor. Hacen todo como viendo al invisible manteniendo la mirada puesta en Jesús. El autor y consumador de la fe, aquel que fue obediente hasta lo último. Que abrazó y cargó la cruz con su cuerpo molido, lleno de lastimaduras, de heridas, con una espalda desgarrada. Dios es galardonador de los que le buscan.
Es mi generación la que imita a Cristo, es mi generación la que anhela y trabaja arduamente por tener el carácter de Cristo. Es mi generación la que abraza la cruz con locura y pasión y aunque maltratados y molidos por el sistema de este mundo, no dejan caer la cruz sino que con fuerzas sobrenaturales se aferran mas y mas fuerte a esa cruz, pues saben quién es el que los manda, quien los sostiene y hacia quien van.
Esta es la generación de Josué, que ama la presencia de Dios, que se deleita en la presencia del padre. Como cuenta Éxodo 33, que Moisés entraba al tabernáculo a buscar a Dios, y que él hablaba con Dios cara a cara como dos amigos hablan. Todos en sus tiendas salían y adoraban a Dios y cuando Moisés salía de estar en su presencia, el joven Josué no se apartaba de en medio del tabernáculo, el seguía buscando a Dios, el permanecía buscando el rostro de Dios, se dejaba seducir por la presencia del padre, se quebrantaba y humillaba ante su Rey. Buscadores de Dios, atrapadores de su presencia, que no hacen ni dicen nada si no está la presencia divina que manifiesta la sobrenaturalidad de Dios.
Es la generación que grita y clama a una sola voz “son estos los postreros días de los que el profeta Joel habló, por lo tanto exigimos reclamamos que tu espíritu santo se derrame en nuestras vidas, en nuestros corazones trayendo un quebrantamiento genuino. Queremos que las visiones de las que nos has hablado sean dadas a nosotros ahora. Que los diseños del reino vengan a nuestras mentes ahora, esos diseños que van a causar conmoción en nuestras naciones”, “No vamos a descansar hasta que toda rodilla se doble y toda lengua confiese que tu eres el Señor, que has dado tu vida por nosotros”.
VALE LA PENA VIVIR Y MORIR POR LA CAUSA DEL EVANGELIO, POR LA CAUSA DE CRISTO.